Editorial

Comenzamos este año 2013 con una interesante coincidencia: la publicación del número 13 de la Revista que hace cuatro años, exactamente en enero de 2009, nace con el propósito de llegar a las personas con discapacidad intelectual, sus familias y profesionales de diversas disciplinas, intentando hacerse eco de los avances más significativos en el ámbito de la discapacidad intelectual y más concretamente sobre el síndrome de Down; mostrando la compleja realidad y las vivencias de las personas con DI, provocando la reflexión y la actitud crítica sobre el quehacer profesional diario; y tratando de acompañar a las familias de las personas con síndrome de Down.

Si bien es cierto que el 13 no tiene buena prensa entre los más supersticiosos, en este caso, este número está cargado de energía positiva, de mensajes realistas que nos inducen a “torear” con grandes dosis de creatividad la difícil realidad en que vivimos, y de recursos para la reflexión, siempre tan oportuna cuando las cosas se ponen “cuesta arriba”.

Y es que ésta primera edición de nuestra revista en el recién estrenado año puede ser que precise de una disposición especialmente receptiva por parte del lector: tiempo para leer y releer algunas de sus páginas, empatía para sintonizar con algunos de sus mensajes, disposición para apreciar el esfuerzo más allá de las dificultades, apertura para aceptar otras formas de hacer, otros caminos…

Hace algún tiempo, alguien impartía una conferencia en algún auditorio de alguna ciudad (no importa cuándo, quién, ni dónde) cuya tesis principal se fundamentaba en el siguiente mensaje: “las personas felices no nacen, se hacen”. Sin duda alguna, resulta un mensaje muy atractivo y esperanzador pues enfatiza el control que el individuo puede ejercer con su férrea y positiva actitud sobre su vida; en definitiva, el tradicional y coloquial “ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío”.

Imaginemos que ponemos las palabras de este misterioso mensaje en una bolsa y las mezclamos con otras depositadas allí previamente, a resultas de lo cual aparece este nuevo mensaje: “las personas nacen felices, pero pueden llegar a sentirse infelices”.

Si bien es cierto que nuestra percepción e interpretación de las circunstancias, experiencias, vivencias, etc. nos lleva a sentirnos más o menos felices en nuestra piel ( nuestra tendencia a ver el vaso medio vacío o medio lleno…), nos es menos cierto que a veces el vaso está a punto de vaciarse. Hay realidades que se imponen de manera contundente. ¿Cómo decirle a una persona, a una familia cuyas dificultades se van incrementando exponencialmente, que hay que adoptar una actitud optimista y ver el lado positivo de la cosas a pesar de todo?, ¿es justo decirles que se les ha escapado la felicidad de la mano porque no han sabido retenerla?, ¿quizás no han sido “agraciados” con un hipotético “gen de la felicidad”?

Más allá de reflexiones de mayor calado sobre esta cuestión, lo cierto es que existen a nuestro alrededor personas y familias en quienes la crisis ha impactado con mayor virulencia. Además de animarles a ver el lado positivo de las cosas, estrategia válida y juiciosa, también parece más que oportuno intensificar, aún más si cabe, nuestra solidaridad con el prójimo; así pues, colaboremos en la medida de nuestras posibilidades en los entornos más cercanos, seamos sensibles ante las necesidades acuciantes del vecino, demos apoyo auténtico y directo. En esto, las personas con síndrome de Down suelen ser ejemplares. Tomemos nota de ellos.

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